domingo, 11 de octubre de 2009

» Contención

Amelia Balzac nunca fue una chica como las demás, no es que no quisiera, aunque en realidad no le importase lo más mínimo ser diferente, si no que sencillamente no podía. Su cuerpo y su mente nunca estuvieron de acuerdo en nada, era como si no hubiera compenetración entre ellos a pesar de pertenecer al mismo ser. Ella pensaba que aquel fenómeno era a causa de algo que ella misma había bautizado como el rejoj vital. Aquel que marca la infancia, adolescencia, juventud, madurez y vejez como las horas de un gigantesco reloj. Horas que transcurrían y no regresaban de nuevo, y cuyo minutero avanza, como la mentalidad humana, hasta dar paso a la hora (o etapa) siguiente una vez llegado su momento. En su caso, el minutero avanzaba con más rapidez de la normal, pero las horas no evolucionaban con él, si no que seguían el ritmo de todos los demás relojes. En realidad ni siquiera lo consideraba un problema, pero sí el resto de las personas, esas cuyo reloj tiene un correcto funcionamiento.

Ella no había sufrido las características propias de las distintas etapas de la vida. Todo el mundo sabe que los niños hablan mucho, y que la vida de los adolescentes es, en su mayor parte, de carácter social. Amelia fue una niña callada y una adolescente reprimida, y la juventud no la había cambiado demasiado. Ella siempre había poseído eso que llamaban la racionalidad de la edad adulta, al menos desde que tenía memoria. Si bien es cierto que su memoria era escasa. Había tenido la edad mental de una veinteañera a los once años, y a los dieciséis escuchaba con atención sin tener nada que contar cuando las demás hablaban de sus amoríos. Era extraño que su forma de pensar nunca se manifestara de forma física, y deprimente que esto le hubiera costado amistades en su niñez y amores en su adolescencia. Quizá había pasado demasiados años de su vida construyendo unas murallas que rodeasen su mundo para que nadie pudiera entrar en él, sin percatarse de que ni ella misma podría escalarlas una vez terminadas. Gruesos muros de contención que amarraban el alma a través de los años.

sábado, 10 de octubre de 2009

» La búsqueda de la felicidad y la incapacidad del ser humano para conseguirla

Desde hace unos meses me ando preguntando el porqué una persona normal y sensata no puede plantearse la idea de dejarlo todo atrás y empezar de cero, ya tenga 15 0 45 años. A nadie se le pasaría por la cabeza tirar por la borda años de esfuerzo y dedicación a una vida que, probablemente, después de todo, no le haga feliz. Ningún ejecutivo triunfador cambiaría de vida ni de entorno por el mero hecho de ser infeliz. Ninguna joven que haya conseguido recientemente un trabajo fijo y bien pagado que le garantice un futuro próspero dimitirá aunque se sienta frustrada, amargada y no encuentre sentido a su vida. Ningún niño elegiría la sorpresa que guarda el puño cerrado de su padre si la otra opción es una piruleta que él pueda ver y tocar, y que por tanto, es segura. ¿Por qué? Quizá al ser humano le falte decisión y valentía a la hora de reconstruir unos cimientos tan sólidos como son los de la vida, aunque el precio de esta decisión sea tan alto como la infelicidad durante el resto de nuestros días. A pesar de saber cómo podríamos ser felices, no nos atrevemos a emprender ese camino si consideramos que nuestra vida “ya está hecha” y que, por ello, no merece la pena desprenderse de todo por una inestable intuición. La causa que nos retiene se llama miedo. Tenemos miedo a que nuestra decisión no sea la correcta y hayamos perdido el trabajo de nuestra vida para nada. Tenemos miedo de equivocarnos, porque no nos vemos capaces de nadar en aguas que, además de demasiado profundas, nos son desconocidas. Un miedo palpable que no reconocemos. Decimos eso de “¿Qué pasa con mi empleo?” “¿Qué hago con mi casa, esa por la he trabajado durante tantos años?” “¿Y mis padres?” “¿Qué pasará con mis amigos?” Excusas ridículas. Buscamos cualquier pilar que nos ate a donde estamos, una correa sólida que nos impida hacer la locura de buscar lo que deseamos. No es responsabilidad, todo ello es miedo. El cuento del banquero que deseó ser vagabundo para saborear su libertad y eligió el calor y la complicidad de su amplio despacho. Como dijo Balzac "la resignación es el suicidio cotidiano". ¿No sería maravilloso que, aunque sólo fuera por unas horas, todos fuésemos nosotros mismos?