Amelia Balzac nunca fue una chica como las demás, no es que no quisiera, aunque en realidad no le importase lo más mínimo ser diferente, si no que sencillamente no podía. Su cuerpo y su mente nunca estuvieron de acuerdo en nada, era como si no hubiera compenetración entre ellos a pesar de pertenecer al mismo ser. Ella pensaba que aquel fenómeno era a causa de algo que ella misma había bautizado como el rejoj vital. Aquel que marca la infancia, adolescencia, juventud, madurez y vejez como las horas de un gigantesco reloj. Horas que transcurrían y no regresaban de nuevo, y cuyo minutero avanza, como la mentalidad humana, hasta dar paso a la hora (o etapa) siguiente una vez llegado su momento. En su caso, el minutero avanzaba con más rapidez de la normal, pero las horas no evolucionaban con él, si no que seguían el ritmo de todos los demás relojes. En realidad ni siquiera lo consideraba un problema, pero sí el resto de las personas, esas cuyo reloj tiene un correcto funcionamiento.
Ella no había sufrido las características propias de las distintas etapas de la vida. Todo el mundo sabe que los niños hablan mucho, y que la vida de los adolescentes es, en su mayor parte, de carácter social. Amelia fue una niña callada y una adolescente reprimida, y la juventud no la había cambiado demasiado. Ella siempre había poseído eso que llamaban la racionalidad de la edad adulta, al menos desde que tenía memoria. Si bien es cierto que su memoria era escasa. Había tenido la edad mental de una veinteañera a los once años, y a los dieciséis escuchaba con atención sin tener nada que contar cuando las demás hablaban de sus amoríos. Era extraño que su forma de pensar nunca se manifestara de forma física, y deprimente que esto le hubiera costado amistades en su niñez y amores en su adolescencia. Quizá había pasado demasiados años de su vida construyendo unas murallas que rodeasen su mundo para que nadie pudiera entrar en él, sin percatarse de que ni ella misma podría escalarlas una vez terminadas. Gruesos muros de contención que amarraban el alma a través de los años.
