jueves, 4 de noviembre de 2010

» La época del escritor (música afiliada)


Duelen como un miembro fantasma las líneas que nunca serán, mientras resuena resuelta la voz de Ella Fitzgerald entre las cuatro paredes ilusorias que encierran al genio. Brillan lúcidas las ideas durante unos segundos: palpitantes, extáticas, pero en algún punto de la mente a la pluma desfallecen y quedan varadas, fatigando al pensamiento en un intento por hallarlas en un folio que nada supo de ellas. Trece minutos cara a cara frente él, dieciséis como demasiado, y la mano prefiere sujetar un cigarrillo a la fría estilográfica, que pesa ya más que la voluntad de sostenerla.

No siempre fue así, nuestro querido Lauro gozó de entusiasmo un día y lo promedió en pequeñas dosis en cada una de sus obras, que, por otra parte, gradual e imperceptiblemente, fueron tornándose cercanas a la sucia mezcla que queda en la paleta al equivocar los colores componentes. El porqué es otro de los interrogantes sin respuesta que nadie, ni siquiera Lauro, se parará a pensar: la humanidad ya tiene demasiadas preocupaciones innecesarias como para empeñarse en averiguar qué fue de la maestría lingüística de un escritor cuyo nombre no recuerda ya nadie. Es mejor dejarlo así, aún a riesgo de que la incertidumbre lleve a un hombre desconocido a morirse de frío tirado en cualquier portal.


Siempre andamos demasiado preocupados por el prójimo y su circunstancia, como si no hubiera ya hipocresía suficiente en esta colmena infestada de falsos zánganos y reinas déspotas.