No siempre fue así, nuestro querido Lauro gozó de entusiasmo un día y lo promedió en pequeñas dosis en cada una de sus obras, que, por otra parte, gradual e imperceptiblemente, fueron tornándose cercanas a la sucia mezcla que queda en la paleta al equivocar los colores componentes. El porqué es otro de los interrogantes sin respuesta que nadie, ni siquiera Lauro, se parará a pensar: la humanidad ya tiene demasiadas preocupaciones innecesarias como para empeñarse en averiguar qué fue de la maestría lingüística de un escritor cuyo nombre no recuerda ya nadie. Es mejor dejarlo así, aún a riesgo de que la incertidumbre lleve a un hombre desconocido a morirse de frío tirado en cualquier portal.
Siempre andamos demasiado preocupados por el prójimo y su circunstancia, como si no hubiera ya hipocresía suficiente en esta colmena infestada de falsos zánganos y reinas déspotas.
