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jueves, 4 de agosto de 2011

» Los pescadores de cangrejos


Cae la tarde de domingo en una estampa sorollana. Llega el rumor del mar a donde ella se haya, iracundo al romper sobre las rocas, apacible donde surcan los veleros, llevados por el viento, izadas las velas, a golpe de timón. El sol brilla sobre las olas y las frentes de los pescadores de cangrejos: tres niños y su padre. El más joven, de pelo rubio y rizado, más atento a los movimientos del can que los acompaña que de la captura en la que están empeñados sus hermanos, ambos morenos de piel, el mayor, sobrealimentado. El padre posee el porte mismo de este último hijo, que parece el más interesado de los tres, y hurga en los recovecos de las rocas con una caña, intentado hacer salir a un cangrejo que ha visto ocultarse: el capitán Ahab a la captura de su reconocimiento. El can, curioso, juega mientras tanto en la cala, y, asustadizo, se ve ahuyentado por las salpicaduras del agua. El sol se pone, el viento agita las páginas de esta retratista, dos de los niños marcharon, y el tercero le sigue aún al cangrejo la pista.

domingo, 26 de junio de 2011

» Improperio nº1


A escondidas, así me veo. Imaginando cómo hubiéramos sido nosotros; no tú, no yo. Dos entes imperfectos que contemplan al otro sin llegar a mirarlo a los ojos por miedo o habilidad, y que se esconden de la boca imperfecta del otro cuando quisieran hacerlo de la suya propia, deseando no haber pronunciado tales palabras o ejecutado tales acciones. Mi cariño no tiene ahora lugar donde ser enfocado. Va dejando paso a la amargura y la reflexión. No sé a qué escribirle, ni por qué motivo reír. Tengo la sensación de estar perdiendo más de lo que tenía.

sábado, 9 de abril de 2011

» Búscome


No encuentro las palabras ni los acordes adecuados para expresar todo aquello que es en mí, que no puede ser de otra manera ni esconderse en ningún otro entendimiento; sencillamente no me hallo entre tanta libertad. Yermo ya el terreno, seca la fuente que debía fecundarlo, sigo aún buscando el cerezo del que me enamoré en mi infancia, auque desconozco si por añorar su sombra o su flor: inocencia o esperanza.

jueves, 4 de noviembre de 2010

» La época del escritor (música afiliada)


Duelen como un miembro fantasma las líneas que nunca serán, mientras resuena resuelta la voz de Ella Fitzgerald entre las cuatro paredes ilusorias que encierran al genio. Brillan lúcidas las ideas durante unos segundos: palpitantes, extáticas, pero en algún punto de la mente a la pluma desfallecen y quedan varadas, fatigando al pensamiento en un intento por hallarlas en un folio que nada supo de ellas. Trece minutos cara a cara frente él, dieciséis como demasiado, y la mano prefiere sujetar un cigarrillo a la fría estilográfica, que pesa ya más que la voluntad de sostenerla.

No siempre fue así, nuestro querido Lauro gozó de entusiasmo un día y lo promedió en pequeñas dosis en cada una de sus obras, que, por otra parte, gradual e imperceptiblemente, fueron tornándose cercanas a la sucia mezcla que queda en la paleta al equivocar los colores componentes. El porqué es otro de los interrogantes sin respuesta que nadie, ni siquiera Lauro, se parará a pensar: la humanidad ya tiene demasiadas preocupaciones innecesarias como para empeñarse en averiguar qué fue de la maestría lingüística de un escritor cuyo nombre no recuerda ya nadie. Es mejor dejarlo así, aún a riesgo de que la incertidumbre lleve a un hombre desconocido a morirse de frío tirado en cualquier portal.


Siempre andamos demasiado preocupados por el prójimo y su circunstancia, como si no hubiera ya hipocresía suficiente en esta colmena infestada de falsos zánganos y reinas déspotas.



viernes, 3 de septiembre de 2010

» Letanía a los mortales (música afiliada)


Puede que sea cierto, que Dios salve nuestras almas al término de este hastío en que nos hayamos, mas no desistáis, no desesperéis, Satán nos dotó de ingenio para poder recuperarlas.


"La próxima vida será igual a ésta, con las mismas limitaciones y pesas que superar".


domingo, 22 de agosto de 2010

» Érase la grandiosidad del ser humano


Se encendió un cigarrillo y abrió la ventana de par en par como Dios la trajo al mundo. Abstraída, haciendo nubes de humo con los dos dedos en "v", observó desde aquella vigésimo tercera ratonera la selva cosmopolita que se extendía ante sus ojos, y se dio cuenta de que todo era gris.


La actividad ajetreada de los transeúntes se asemejaba a la de un hormiguero a punto de inundarse, sólo que en lugar de colaborar unos con otros en virtud del bienestar general, se disputaban el dominio de un taxi entre gritos e incoherencias, uno de tantos que circulaban por aquellos ríos de gravilla negra serpenteantes entre los edificios y en los cuales persiste matutinamente un alarido apabullante fruto de cientos de cláxones sonando al mismo compás. Los sobrios rascacielos se abrían paso entre el diminuto tumulto y el cielo como un puente de unión entre lo mundano y lo divino, el fracaso y el éxito… gigantes enfundados en trajes de acero y hormigón cuyo único cometido era esclavizar a generaciones enteras en pos de un renombre que los hiciera tan famosos como las pirámides de Gizeh. Y allí arriba, observando toda la porquería de la Creación, se hallaba el cielo Soberano engalanado en plata, dichoso hoy de escupir a los mortales que vivían bajo él.


“A short walk in the Light of the World with breaks for coffee and snacks”, rezaba un cartel publicitario con la imagen de uno de esos televisores con más definición que la vida misma.

martes, 20 de julio de 2010

» Vae victis


Yo también arrastro una sombra amarrada a mis pies; aquella que respira, siente y se evade conmigo. Aquella que sólo sabe expresarse a través de líneas inconexas cuyos vacíos transmiten más que sus palabras. Cadencias de lo que un día fue muerto y ahora podrido, y espera sin tiempo ni lugar en el que situarse el verso en forma de latido.

Lázaro, deberían nombrarla.

jueves, 4 de marzo de 2010

» La elegancia del erizo


Siempre me preguntas en qué pienso cuando te fijas en que estoy ausente, observando el vacío y tal vez sonriendo, como si no alcanzara a ver la cantidad de penurias de la cloaca en la que me hallo. Pero no siempre miro al vacío, a veces observo un punto en concreto, un punto que quizá a otros les haya pasado inadvertido. Hoy me alegra poder observar el cielo estando a tu lado, aunque en realidad no estés y ni siquiera seas. Me miras, y sin mirarte, se que me estas mirando. Frunces el ceño en ese gesto de incomprensión que siempre me hace sonreír cuando lo veo. Observo las nubes, y aunque sea obvio, tú me preguntas que miro, porque se te había olvidado que estaban allí, pero no a mí. No se porque a la gente se le asemejan al algodón, a mi me recuerdan mas a la azúcar. Dulces. Quizá sean la fusión de ambas ideas y el cielo este plagado de algodones de azúcar. De esos que nos recuerdan a las ferias de nuestra niñez; a la calidez de una mano que sujeta la tuya, y es la de tu madre; al albedrío de sonidos y voces que aciertas a oír; a la cantidad de siluetas de piernas largas que van de un lado a otro, y a los muchos zapatos que puedes llegar a contar. Quizá solo mi mente tergiversa tanto la visión de una nube, esas que no recordabas que seguían allí. Será que soy una soñadora que vierte su sangre en el papel con apariencia de tinta roja. Que atrapa las ideas como mariposas en el aire y las colecciona. Que no sabe escribir entre líneas porque para ella no hay espacio para los huecos vacíos.

Será eso, quizá viva en el Sueño.

lunes, 1 de marzo de 2010

» La hora de merendar


Sé lo que es la vida porque la he visto, no porque la haya sentido. Soy un duende, ¿recuerdas? Un narrador omnisciente que colecciona las sonrisas, que las toma prestadas, las derrite y las hace caramelo; suelo colocarlas en una bandeja, para luego, a la hora de merendar, servirlas de acompañamiento junto con el té.

Un buen duende como yo también es amante de las miradas, y con ellas hago el té que estás tomando; capto su esencia y la meto en sobrecitos que luego tiñen de sabor la blancura de la leche. Es por eso que tengo tantas clases de té: menta, almendras, chocolate, miel… Espero que no te hayas olvidado añadirle dos terrones de azúcar, porque están hechos de besos en la mejilla.