Sé lo que es la vida porque la he visto, no porque la haya sentido. Soy un duende, ¿recuerdas? Un narrador omnisciente que colecciona las sonrisas, que las toma prestadas, las derrite y las hace caramelo; suelo colocarlas en una bandeja, para luego, a la hora de merendar, servirlas de acompañamiento junto con el té.
Un buen duende como yo también es amante de las miradas, y con ellas hago el té que estás tomando; capto su esencia y la meto en sobrecitos que luego tiñen de sabor la blancura de la leche. Es por eso que tengo tantas clases de té: menta, almendras, chocolate, miel… Espero que no te hayas olvidado añadirle dos terrones de azúcar, porque están hechos de besos en la mejilla.

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