Cuando habíamos olvidado lo que significaba vivir, llegó ella con su guitarra a cuestas.
Dejó su maleta de cuero en el suelo, a buen recaudo entre sus pies para que nadie tuviera la ocurrencia de importunarla; colocó en su atril las partituras que, por otro lado, ya conocía de memoria; se colgó la guitarra al hombro desconociendo quién se dignaría a escucharla hoy, aunque para ella aquel fuese un detalle realmente insignificante mientras eso no le impidiera seguir cantando, a solas si era preciso; se aclaró la garganta, y, sencillamente, tocó. Cincuenta y cinco minutos de plenitud en los que sólo tuvimos conciencia de escuchar la voz mas sincera del mundo, el concierto más íntimo de la historia
Dejó su maleta de cuero en el suelo, a buen recaudo entre sus pies para que nadie tuviera la ocurrencia de importunarla; colocó en su atril las partituras que, por otro lado, ya conocía de memoria; se colgó la guitarra al hombro desconociendo quién se dignaría a escucharla hoy, aunque para ella aquel fuese un detalle realmente insignificante mientras eso no le impidiera seguir cantando, a solas si era preciso; se aclaró la garganta, y, sencillamente, tocó. Cincuenta y cinco minutos de plenitud en los que sólo tuvimos conciencia de escuchar la voz mas sincera del mundo, el concierto más íntimo de la historia

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