sábado, 8 de mayo de 2010

» A Lourdes


Cuando habíamos olvidado lo que significaba vivir, llegó ella con su guitarra a cuestas.

Dejó su maleta de cuero en el suelo, a buen recaudo entre sus pies para que nadie tuviera la ocurrencia de importunarla; colocó en su atril las partituras que, por otro lado, ya conocía de memoria; se colgó la guitarra al hombro desconociendo quién se dignaría a escucharla hoy, aunque para ella aquel fuese un detalle realmente insignificante mientras eso no le impidiera seguir cantando, a solas si era preciso; se aclaró la garganta, y, sencillamente, tocó. Cincuenta y cinco minutos de plenitud en los que sólo tuvimos conciencia de escuchar la voz mas sincera del mundo, el concierto más íntimo de la historia

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