Quiero rememorar esas noches en las que perecíamos bajo las sábanas como soldados en la trinchera; y nos repetíamos, como dijo Márgara, bestiales y dulcísimos las veces que nos fueran gratas. En las que yo gritaba de virtud, y tú de fortuna, y lo demás eran habladurías de artilleros enemigos alojadas en nuestra espalda. No nos dimos cuenta que los disparos nunca llegaron a sanar, y la metralla se esparció por el único hogar que regentabas de paisano: nuestro santuario, allí donde no se permite más guerra que la librada por nosotros en la cama. Qué más da si tu bandera, esa débil y tímida a la que adoras, es roja o de mente estrellada, si todos terminaremos de igual modo. Estrellándonos.
Recuerda que tu patria es nuestro hogar, no el país que rechaza a quien tú amas.
Los continuos bombardeos no han podido evitar que la hoz y el martillo sigan ondeando en la retaguardia. Tu bandera seguirá esperando.
Melinda

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