
El ermitaño se siente preso de su propio bienestar. No es esclavo de las apariencias ni vasallo de la libertad, como tampoco lo es del tiempo que vive o el lugar en que habita. Ha visto el mundo sin maquillaje, la realidad desnuda. Ha dejado atrás sentimientos buenos y aliviado los malos, y, no obstante, ahora no es capaz de sentir amor, ira, benevolencia o rencor, mas esto no es pesar para él, que se siente cada día más humano entre las bestias.
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