Paz. Sólo deseas paz. En todas esas ocasiones en las que era protocolario pedir un deseo –soplar las velas de tu tarta de cumpleaños, ver una estrella fugaz cruzar el firmamento, arrojar una moneda al agua– ahora te encantaría cerrar los ojos y pedir solamente eso: paz. Anhelas un pasmoso equilibrio en el que cobijarte, en el que sentirte segura y satisfecha, en el que puedas alcanzar una plenitud que consiga hacerte sonreír. Pero es una meta imposible, un desvarío que tu mente representa como un punto perdido en medio de una inmensidad absoluta, tan cerca como para tentarte a conseguirlo pero demasiado lejos para alcanzarlo. La verdad es que ese punto no existe, y lo sabes. No hay nada en el vacío, ningún punto, ninguna luz, ninguna meta consecuente. Pero tú sigues deseando paz. No llorar una vez por semana, no huir de quien te quiere, no odiar tanto ni tan poco. Tu cabeza parece una pajarería, llena de cuervos que aletean encerrados en sus jaulas, afanosos por picotear tu pútrido cerebro a fin de hacerse con una pizca de razón. No hay tal, la fuente está ya seca. Pero tú sigues pidiendo peras al olmo y deseas esa paz que no acontece. O quizá unos brazos que te la den.
martes, 3 de agosto de 2010
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