Se encendió un cigarrillo y abrió la ventana de par en par como Dios la trajo al mundo. Abstraída, haciendo nubes de humo con los dos dedos en "v", observó desde aquella vigésimo tercera ratonera la selva cosmopolita que se extendía ante sus ojos, y se dio cuenta de que todo era gris.
La actividad ajetreada de los transeúntes se asemejaba a la de un hormiguero a punto de inundarse, sólo que en lugar de colaborar unos con otros en virtud del bienestar general, se disputaban el dominio de un taxi entre gritos e incoherencias, uno de tantos que circulaban por aquellos ríos de gravilla negra serpenteantes entre los edificios y en los cuales persiste matutinamente un alarido apabullante fruto de cientos de cláxones sonando al mismo compás. Los sobrios rascacielos se abrían paso entre el diminuto tumulto y el cielo como un puente de unión entre lo mundano y lo divino, el fracaso y el éxito… gigantes enfundados en trajes de acero y hormigón cuyo único cometido era esclavizar a generaciones enteras en pos de un renombre que los hiciera tan famosos como las pirámides de Gizeh. Y allí arriba, observando toda la porquería de la Creación, se hallaba el cielo Soberano engalanado en plata, dichoso hoy de escupir a los mortales que vivían bajo él.
“A short walk in the Light of the World with breaks for coffee and snacks”, rezaba un cartel publicitario con la imagen de uno de esos televisores con más definición que la vida misma.

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